Hace un tiempo hablaba con un amigo al que conozco hace unos 20 años, época en la que ambos trabajábamos en la misma empresa. Después de esa charla, la alegría que sentí por él fue enorme.

Resulta que desde aquellos días (estamos hablando del año 2000 aproximadamente), cada vez que hablábamos sobre trabajo, él no se mostraba muy satisfecho que digamos, realmente no disfrutaba de lo que hacía.

No sé la cantidad de veces que en todo este tiempo salió el tema y esta vez no fue la excepción. Una vez más la conversación giró en torno a animarse a cambiar de trabajo, ya que el trabajo de siempre no le estaba haciendo bien. Él lo pensaba un rato, por un momento le brillaban los ojos al imaginarse haciendo otra cosa, en otro lugar, con otra gente y teniendo tiempo para él y su familia y sentía por unos minutos la felicidad que sentiría si lograba esa vida que buscaba. Pero algo dentro suyo le decía que no y la conversación se cerraba casi siempre con un: “Sí, tendría que buscarme otra cosa…voy a ver…” mientras el brillo en sus ojos se esfumaba.

Finalmente, después de 17 años de mucho trabajo, de días fuera de su casa, de noches heladas y días abrasadores, después de muchas horas de pensar y repensar posibles escenarios y de juntar valor para tomar otro camino, mi amigo renunció hace un tiempo a ese trabajo de años, cambió de empresa y…¡volvió a sonreír!

Charla va, charla viene, hablábamos sobre qué pasaría si -hipotéticamente- surgiera la posibilidad de mudarse de país y su respuesta fue:  “La verdad, después de haber cambiado de trabajo tras 17 años y ver que se puede estar mejor, me di cuenta de que todo lo que leí sobre salir de la zona de confort es cierto”

El proceso no fue fácil (de hecho vemos que le llevó un largo tiempo) y tomar la decisión le produjo mucho estrés, un estrés que hoy sabe, escondía miedo. Miedo de enfrentarse a lo desconocido, miedo a que le vaya mal, miedo a arrepentirse de haber hecho el cambio (éste era su temor más grande)

Y la conversación siguió así (sic):

-“¡Ahora estoy espectacular! Disfruto de la vida, tengo tiempo para mí, hago lo que quiero… ¡Nunca es tarde para ser feliz!”

Es cierto que el miedo a veces paraliza y nos mantiene en un estado de quietud que puede durar días, meses o años, pero cuando aparece, lo mejor es observarlo, identificarlo, comprender qué esconde y qué nos está diciendo; solo así podremos saber cómo actuar ante él.

No importa cuánto tiempo nos esté acompañado este miedo, cuando finalmente le soltemos la mano y lo dejemos ir podremos, al igual que mi amigo, gritar de alegría ¡nunca es tarde para ser feliz!

 

¿Qué necesitas hacer para animarte a hacer? ¿Quién necesitas ser para emprender tu verdadero cambio?

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